El misterio del avance lento: Por qué el Metro le teme a la lluvia

Cualquier usuario habitual del Metro de la Ciudad de México sabe que las primeras gotas de lluvia sobre el asfalto son la señal de un destino inevitable: el anuncio de «marcha de seguridad». En ese momento, la red se transforma en una procesión de acero que avanza a paso de tortuga, duplicando o triplicando los tiempos de traslado. Aunque para el pasajero frustrado parece una conspiración para llegar tarde al trabajo, la realidad detrás de este fenómeno es una mezcla de protocolos técnicos rigurosos, física básica y la peculiar arquitectura de un sistema que convive con la intemperie.

La explicación científica principal reside en la fricción, o mejor dicho, en la falta de ella. La mayoría de las líneas del Metro en la CDMX utilizan neumáticos de caucho que corren sobre pistas de rodamiento metálicas. Cuando el agua entra en contacto con estas pistas, se crea una película lubricante que reduce drásticamente la adherencia. Si un tren intentara frenar a su velocidad normal de 70 u 80 kilómetros por hora sobre una vía mojada, las ruedas podrían deslizarse sin control, provocando que el tren se pase de la estación o, en el peor de los casos, colisione con el convoy de adelante. Por protocolo, la velocidad se reduce a un máximo de 35 kilómetros por hora para garantizar que el frenado sea efectivo y seguro.

A este factor se suma la visibilidad y el diseño de las estaciones superficiales y elevadas. A diferencia de otros sistemas de transporte en el mundo que son totalmente subterráneos, gran parte de la red de la CDMX está expuesta al cielo. Cuando llueve, los conductores de las líneas que corren por el camellón de avenidas como Tlalpan o el Viaducto deben operar bajo condiciones de visibilidad reducida y con el riesgo de que objetos extraños —desde basura hasta ramas— sean arrastrados a las vías por el viento. El «avance lento» es, en esencia, un margen de maniobra humano para reaccionar ante cualquier imprevisto que el agua pueda ocultar.

Más allá de la ingeniería, existe una suerte de «leyenda urbana» sobre el estado de las instalaciones. Se dice que el sistema eléctrico del Metro, con décadas de servicio, es particularmente sensible a la humedad, y que las filtraciones en los túneles obligan a los conductores a proceder con cautela para evitar cortocircuitos en las barras guía que alimentan de energía a los trenes. Aunque las autoridades enfatizan la seguridad técnica, el usuario prefiere creer que el Metro simplemente «se pone triste» o se vuelve precavido como cualquier chilango que sabe que, bajo la lluvia, la ciudad entera se desquicia. Al final, el avance lento es el precio que pagamos para que un sistema masivo de transporte no se convierta en una pista de patinaje sobre concreto.

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